Ruido.pdf (Oct. 2014) - Page 471

el desafío de la insuficiencia expresiva de nombrar o atreverse a decir. Es un terreno atrevido plantear lo que se espera de estas músicas, pero ya estás tendencias musicales no están llenando el vacío simple de decir, la existencia misma de la expresión no dice nada ya, y lo que queda es superar la anestesia con las formas de la expresión y los puntos de vista con los cuales superar los lugares comunes. Ante la anestesia de la sobreexposición, hacer sentir es un oficio más complejo. Varios de los músicos pueden no darse cuenta de un propósito adicional de entretener, lo que nos pone frente a las categorías, también en desuso, de lo light y lo heavy. Puede haber un público mayoritario que le huye al sermón y al negativismo y que no logra conectarse con una música pesada, pero la complejidad de la escena de Medellín, llena de resistentes supervivientes culturales, nos señala que la música se puede divorciar completamente de la industria del entretenimiento. Curiosamente, y como una proeza superior a lo demográfico, todo pareciera en ebullición en la ciudad, y el espacio da la impresión de ampliarse o emerger (desautorizado) por capas (y a la vez) y no por repartición de espacios limitados. Mientras que todo el mundo aparece en Twitter y Facebook, hay aún más músicos –nos atrevemos a decir– en todos los géneros. Incluso, el Hip–Hop parece crear una reacción epidémica en rincones donde otras músicas no llegan con ese impacto profundo de identificación. Otras músicas, como el Punk, parecen tener cualidades suficientes como para llegar a la ladera y a adolescentes, no sólo populares, sino con unas francas carencias económicas. Al entrevistar a hoppers se encuentra una alusión muy fuerte al beat, que nos recuerda los niveles de afinidad con una música determinada. Sonidos que tienen el impacto de una bonita alusión y que son afines a nuestra personalidad pueden ser una explicación de las personas que se sintieron atraídas por el Hip–Hop y no otros géneros. Algunas músicas son más propicias para el humor, otras para la oposición y otras para la lamentación. En el caso del Hip–Hop, el ritmo ocasionado por una pista, elaborado por computador, se asemeja a un tambor que va atrás de la lírica causando un sosiego algo nostálgico en canciones que se circunscriben muchas veces en un afanoso presente urbano. Quizá la gran diferencia es que el Hip–Hop fue desarrollando en Medellín (y a lo mejor en otros lugares) un código de identidad barrial –como de nodos– en el que todos los del vecindario cabían en la movida que se estaba proponiendo y, a diferencia de otras identidades musicales, no buscaba ciertas características especiales como si se tratara de elegidos. Por lo menos en un principio –y como se vive en Medellín en su socialización inicial– el Hip–Hop ofrece comodidades ideológicas que permiten mezclar algunas tradiciones propias de la familia y del barrio con otras ideas contraculturales. En todo caso, un peso definitivo y práctico son los precios y la escasa indumentaria para participar de las prácticas del Hip–Hop. Aunque en el Punk también se encuentra una economía en la falta de economía –con bandas que hacen sus guitarras y la batería con canecas y ollas–, en el Hip–Hop, con el abaratamiento de la tecnología, resulta incluso más fácil hacerse a las herramientas necesarias. Más allá, el Hip–Hop está diseñado para obedecer a la ausencia absoluta de instrumentos o incluso de electricidad, con lo que es el beatbox –que se vuelve la percusión humana– y la centralidad en el cantante, en la rima y en el mensaje. Con sus otros elementos como el graffiti, el deejay y el breakdance, se concreta la filosofía de que “cada uno aporte a la cultura”. Basta con el cuerpo y la personalidad para ingresar a una práctica suficiente para el estilo de vida y no caer en la masa amorfa de una audiencia. Sin darse cuenta, el Hip–Hop tenía la capacidad análoga que ha tenido el crimen en Medellín para la vinculación de jóvenes. Mientras que el narcotráfico en Medellín ha requerido del cuerpo de los jóvenes para la violencia, el Hip–Hop tiene una raíz muy fuerte en la música compartida sin tarimas, que más bien se haya en fiestas en las que se forman círculos en los que cada quien va a haciendo su demostración de a turnos (cyphers). Esto, por supuesto, no ha hecho que el Hip–Hop compita con la violencia ni con el narcotráfico, sino que le ha dado un nivel de penetración y una democratización justo donde el adolescente es más vulnerable. La criminalidad en Medellín ha tenido una capacidad enorme y, con ella, unos fenómenos de diseminación muy fuertes y un comportamiento notablemente violento. La alta exposición a la violencia ha dado una visceralidad mayor a las canciones de dolor, pero también ha truncando procesos y agr W6