Ruido.pdf (Oct. 2014) - Page 45

Lenguaje y época Cuando algunos dicen que nada ha cambiado a excepción del lenguaje desconocen las sensibilidades y el deseo que el lenguaje ocasiona. Lo pasado de moda es también lenguaje que nos quedó anulado por múltiples razones, a veces creando nuevas identificaciones, pero, otras tantas, impidiendo la posibilidad para identificarse, cuestionar u oponerse. Ya los músicos no dicen ser de izquierda y mucho menos de derecha. La contradicción interesante de nuestra época en la ciudad es que hay una tendencia mayoritaria a no pelearse de forma radical con el mercado y está muy dividida la visión frente a la popularidad. Del otro lado, se encuentra una mayoría de músicos que buscan la independencia, lo que se discute fundamentalmente en dos vías: una espontaneidad sin intención, a veces muy despreocupada, que alterna con una gran devoción por la música, y los vínculos con organizaciones, tendencias ciudadanas, Estado y mercado. Más que limitarse a los músicos, acá hablamos de la flexibilidad con que construimos las posiciones en nuestros tiempos, en un mundo que perdió centralidades y rostros en los que depositar oposiciones y entusiasmos. Estamos, a la vez, expuestos a una mayor movilidad y a una apremiante inestabilidad. Es también la época en la que las prácticas se pueden mover fluidamente entre lo real y las múltiples ficciones. Se hace evidente, en el flujo de información, que no podemos estar seguros de lo cierto, y así muchas cosas indispensables o “serias”, como todo el sistema financiero, las leyes, los discursos de los mandatarios y las elecciones, al caer en un terreno abstracto, pero a la vez cercano o manipulable, ya no se mueven por una confianza presupuestada, sino por el desinterés cínico con el que se sigue la corriente. El mundo de los descreídos ya no es un mundo de antagonismo, es más un mundo de agonía. Y las nuevas creencias vacías de lenguaje se disfrazan de vacío, de ausencia, de no creer en nada. Esto implica riesgos como el individualismo y la dificultad para crear redes, pero también una mayor sinceridad de los vínculos –que no funcionan con lenguaje prestado– y una nueva libertad en no prestarse para “causas ajenas” o prefabricadas. Quizá lo más interesante del punto de vista compartido por una generación de nuestros tiempos es que la alta capacidad de descomprometerse –saliendo y entrando– crea que jóvenes y adolescentes –a la larga– sean más difíciles de “usar”, lo que parece alinearse también con una adaptabilidad que se vuelve –como flexibilidad– en un nuevo código de resistencia. 45