Ruido.pdf (Oct. 2014) - Page 392

musical de Juancho Valencia, la melomanía y apetito por la tecnología de Gabriel Vallejo y el solucionador, productor y manager en el que se convirtió rápidamente Juan Felipe Arango. A pesar de que el equipo era muy prometedor, tuvieron que esperar siete años para poder vivir de su organización -y alternar distintos trabajos particulares-, con la convicción de que cada peso que entraba en esa primera mitad de su historia era para invertir en la empresa. Como compraron unos equipos de mucha calidad -que también les permitió una oferta diferenciada- en una época en la que había treinta estudios de grabación en Medellín, cuando la ciudad tuvo mil estudios de grabación Merlín no se diluyó. En todo caso, el estudio de grabación se concentró en cuatro propuestas -resaltan ‘Maité Hontelé’ y ‘Puerto Candelaria’- y Merlín se diversificó para profundizar en las agrupaciones de su sello y llevar a cabo todas las tareas para crear mundos alrededor de su música y su imagen. La sociedad temprana del director de ‘Puerto Candelaria’ -Juancho Valencia- significó la mezcla de objetivos para hacer de una banda escuchada por músicos -una banda de nicho-, primero, una banda con un reconocimiento estratégico -haciendo parte de acontecimientos y amasando méritos-, y luego, muy escuchada. El camino en Colombia fue pasar y volver, empezando con un viaje en chiva por todos los festivales tradicionales y folclóricos como en Ovejas-Sucre, en San Pelayo, en el festival del Mono Núñez y devolviéndose -luego de haber tenido acogida con públicos internacionales- a la conquista de un público dispuesto a arriesgar. En los primeros viajes por Colombia se encontraron aliados que les recomendaron países y contactos, pasos para inscribirse en festivales internacionales. En vez de mandar su primer disco a emisoras en Colombia lo enviaron a Méjico o a Holanda y funcionó. El proceso -en paralelo y en sinergia- de la empresa y el grupo los llevaría en el 2005 al mercado cultural de Salvador de Bahía, donde empezarían a desatar los contactos y las redes para visitar 45 ciudades extranjeras. En ese camino internacional encontraron que su mercado se ampliaba -sonando en festivales de música del mundo, música folclórica, Rock y Jazz. Primero la embajada de la música colombiana por el mundo, en Méjico, Ecuador, Israel, India y Holanda -por mencionar algunos recurrentes y otros inolvidables-, luego la conquista de ‘Puerto Candelaria’ del público colombiano con “Muerta” y “Amor y Deudas” -incursionando por primera vez en la letra y entrando a la radio nacional. Primero, ‘Puerto Candelaria’ se presentaba en el festival de Jazz de San Sebastián y alcanzaba la recomendación 392 de iTunes para la venta digital de su música -obligando un aprendizaje de Merlín de registros, derechos de autor y redes. Segundo, la búsqueda de la ampliación del público colombiano obligaba a Merlín a reinventarse un poco para asumir la producción completa de eventos. Para Merlín, ‘Puerto Candelaria’ se trata de ese piloto sin simulacros donde pudieron ensayar una combinación de tareas y formatos para poder vivir de la música o muy cerca de ella. ‘Puerto Candelaria’ ha sido el desorden y lo convencional, el desorden de la creación, de la inventiva desbordada, y lo convencional de las raíces y en algunos esquemas Pop con una envoltura única. El barco que ha permitido moverse entre las aguas de lo Pop y lo Independiente, de la vanguardia y la tradición, ha sido el Jazz con sus posibilidades de experimentación. ‘Puerto Candelaria’ es nuevos sonidos colombianos y su impronta es esa capacidad de Colombia de sobreponerse a la tragedia y a la amargura con la burla. En la puesta en escena, el show, y los videos se ven el absurdo y la sicodelia mezclada. Una ironía inteligente, pero también muy abierta, una ironía que no insiste en resolver o cambiar, sino que sirve para vivir ahí, quedarse. Esta es la historia de una relación, una relación entre Merlín y ‘Puerto Candelaria’ que se puede narrar en escala humana a través de Juancho Valencia y Juan Felipe. A pesar de que Juan Felipe no terminó como músico sino gerenciando, tuvo su banda durante la universidad y el colegio, y más atrás, una mamá muy musical y una abuela pianista. Por su parte, “a Juancho lo tenían ‘planillado’ como el mejor pianista de la ciudad desde antes de nacer”, ‘planillado’ por un papá que es un auténtico coleccionista de música y que lo puso a estudiar piano en la Universidad de Antioquia desde los seis o siete años. Mientras que Juan Felipe encontró que esa disposición a coordinar -que se dejaba ver desde la adolescencia en paseos- era una capacidad práctica para hacer que las cosas funcionaran, Juancho renunció a la otra vocación atravesada del diseño gráfico y supo darle la razón a la obstinación de un padre. Finalmente, la amalgama Merlín-‘Puerto Candelaria’ termina siendo la de hacer que ocurra música, con un corazón hondo en la composición y una piel fuerte y resistente en lo empresarial. “La música es la vía (…), por donde nosotros vamos, el medio en el que hacemos todo”.