Ruido.pdf (Oct. 2014) - Page 228

Las mínimas encrucijadas Juan Felipe Arango había entregado ya un apartamento en Barcelona para volver a Colombia a trabajar en un estudio de grabación, cuando le dieron la noticia de un cambio de planes que lo dejaba en el vacío y sin aparentes rutas. El niño que había recibido clases, el adolescente que había tenido banda en el colegio y el joven que había alternado la tarima durante la universidad y que con la ingeniería de sonido había tomado la decisión de vivir, de alguna forma, de la música, ya tenía que hacerse su vida. Después de la encrucijada, tomó la ruta larga y vertiginosa de construirse su propio techo y pagó el precio de permanecer al margen –por varios años– de una industria donde hoy tiene la posibilidad de marcar la tendencia. Federico López siente que –de algún modo– traicionó su propia propuesta musical por ser más útil –y hasta necesario– primero en la producción y luego en el sonido en vivo (en el que su trabajo se volvió aún más anónimo). Su forma de ser en la música no es escuchando canciones ni yendo a conciertos como espectador; más bien nos habla de una necesidad para traducir y ordenar un mundo compuesto de mucho material exigente que hay adentro. También la vida de Federico en la música ha sido la de no necesitar poner un precio a su trabajo ni menos regatear. Es la historia donde la genialidad –que es un poco aventura y mucho rigor– han sido suficientes para habilitar una vida en la música. Diego, de ‘Asgard Wizard’, representa a una gran cantidad de músicos que pudieron permanecer en sus juegos de niños con una guitarra inventada, con unos tarros o simplemente cantando. Cuando era muy niño pegó de una tabla unos nailon, simulando una guitarra. 228 Hoy el juego continúa con la exigencia de juguetes para imaginar más. Harold, de ‘Desiderium’, hace parte de los músicos expulsados de los espacios que, finalmente, no eran definitivos. Fue despedido de la Red de Escuelas de Música por no querer ir a las clases de expresión corporal. Felipe Laverde había sido excluido del sueño del futbol por una lesión y un asesino le había arrebatado a su amigo con el que compartía en una comparsa. El artista en el que se convirtió empieza a recuperarse de una lesión con la batería –después de un periodo de vacío– y convierte el dolor de la muerte de su amigo –que hubiera sido bueno para el teatro– en una especie de mapa. El hecho del cadáver pintaba el territorio con varios colores y la reparación de la trágica ausencia era mezclar sueños con un camino en el arte. Territorios que –tras un relámpago de odio– se corrigen haciendo que brote un ruido –de la especie de la risa– y se provoque una inclinación emparentada a los abrazos.