Ruido.pdf (Oct. 2014) - Page 13

Noruega, derrochaban elogios hacia las nacientes bandas de Metal, Ultrametal y Black Metal que surgían en la ciudad. El Punk, por su parte, parecía iniciar de manera más extravagante. Aunque en ninguno de estos géneros había, en principio, una pregunta por la técnica, en el Punk el caos era imperioso: tres acordes y una idea de denunciar a gritos los sinsentidos de la ciudad; mientras que en el Metal la metáfora, las figuras y la retórica, aunque inconstantes, eran más trabajadas. Un disco de vinilo llegaba a la ciudad y caminaba de parche en parche, tocadiscos y grabadoras portátiles, o iba a parar a la casa de alguien donde los demás iban a escucharlo. Pasar a casetes, hacer compilados y empezar a grabar los propios sonidos en una grabadora casera. Así se fue dando esta suerte de mestizaje musical que fue engendrando sus propios sonidos, esos que años después serían llamados Punk Medallo y Metal Medallo. Quizás su autenticidad en lo técnico estaba en la precariedad de los instrumentos y en la baja calidad de las grabaciones, pero lo cierto es que había una fuerza creadora poco antes vista en la ciudad. Ensayos diarios, conciertos improvisados cada fin de semana y bandas que emergían sin muchos preámbulos. La velocidad de este auge dio como resultado que en muy poco tiempo había otros sonidos fuera de estos dos géneros. El Hardcore, en sus primeros años, mediados de los ochenta, recogió esas letras descarriadas y directas del Punk, pero les agregó la fuerza y la variedad rítmica del Metal. Entre varios subgéneros, cruces y variaciones del Metal y el Punk llegó la década del noventa. El ruido bajaba un poco. Pero no era por que hubiera menos bandas; a lo mejor se debía a la búsqueda de una “limpieza” en la música. Con esto, de la mano de la tecnología y de cierto cansancio frente a los dos géneros que habían reinado una década, llegaba el Rock Alternativo. Con mejores posibilidades de grabación y de sonido en vivo, la música en la ciudad ampliaba sus posibilidades. Para bien o para mal, algo cambió en la década de los noventa. Para algunos fue una mengua en la intención creativa y de hacer música a cualquier precio, para otros fue una pregunta por hacerla mejor, por profesionalizarse, por hacer de la música una industria o, al menos, un modo de vida. De cualquier manera, esto trajo otras dinámicas. Los grupos siguieron apareciendo, la técnica había mejorado, la figura de la sala de ensayo tomaba más forma y ya había mejores grabaciones y circuitos de distribución. En la transición entre los ochenta y los noventa el circuito ya no era solo de Punk, Metal y Rock: el Rap, que había empezado en la ciudad por el baile y el graffiti, también se fortalecía con grandes clanes locales. El Reggae empezaba a surgir desde algunos bares y discotecas y los primeros experimentos de Electrónica emergían cercanos al Rock. Entre todos estos géneros aparecían intersticios, pruebas y experimentos musicales. Algunos como fiascos de garaje, otros llegando a marcar un estilo y una pauta para las agrupaciones venideras. Los noventa terminaron dejando muy alto el listón y muchas bandas con proyección nacional e internacional. En este punto, después de dos décadas de ruido, es que empezaron masivamente las instituciones a acercarse a estos sonidos. Desde la Alcaldía, pasando por fundaciones y corporaciones (sin ánimo de lucro), hasta el sector privado, tendrían un contacto con estos sonidos, lo que se reflejó en más y mejores espacios para las bandas, quizá en algunas remuneraciones económicas y, algo que antes era casi insólito, en el apoyo y acompañamiento a procesos de formación alrededor de estas músicas. El ruido en la ciudad no ha desaparecido, sólo ha tomado caminos extraños. Quizás podría pensarse la historia del ruido en la ciudad, por lo menos de la década del ochenta hasta la primera década del dos mil, como una historia en la que se ha ido bajando el volumen; pero no ha sido una búsqueda del silencio, más bien ha sido aprender a contro