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El poder de este deseo irrefrenable parece ser, como es lógico, directamente proporcional al tamaño del animal perseguido. Cuanto mayor sea su tamaño, cuanto más espectacular su trofeo, su pelaje o su apariencia, tanto peor para el desdichado arquero implicado en el lance; lejos de recordar su rutina de tiro, cuidadosamente trabajada durante años, simplemente fija su atención en las zonas vitales de la supuesta presa, abre su arco y suelta el tiro, ya sea con un poleas, ya con un tradicional, que tanto monta. Y si la situación está fuera de control, si el lance reviste caracteres desacostumbrados para nosotros -por ejemplo, cazar desde un tree stand cuando solemos hacerlo desde el suelo- el fenómeno del que venimos hablando ataca con igual intensidad: dado que no nos sentimos seguros de controlar la situación, ésta parece poder desquiciarse en cualquier momento, sensación que puede resultar francamente estresante. El resultado es la urgencia de disparar en cuanto se presente la ocasión, buscando así relajar la tensión que sufrimos. Desde luego, mucho me temo que hay que reconocer que esta fuerte necesidad de disparar cuanto antes forma parte consustancial de la caza con arco, nos guste o no. Aceptar este hecho supone dar el primer paso para intentar solucionar la situación, o, cuando menos, minimizar en la medida de lo posible sus efectos adversos. Es necesario ser consciente del problema antes de poder solucionarlo, obviamente. En circunstancias normales, ni se nos ocurre pensar que estamos apresurando el tiro hasta que ya lo hemos realizado. Todo está borroso, de modo que no podemos recordar con claridad qué está ocurriendo durante ese supremo momento. Así pues, hay que echar la vista atrás después del disparo y repasar los acontecimientos, haciéndonos un par de interesantes preguntas. Visualicemos, como siempre que hablamos de asuntos claramente psicológicos, la siguiente situación: el ciervo más espléndido que has tenido a tiro en tu vida se acerca a tu posición, lentamente pero con el firme propósito de darte la alegría de la temporada. Le esperas con el arco abierto, cuando se detiene y comienza a darse la vuelta, a alejarse de ti. ¿Sientes la urgencia de disparar tan pronto como distingas sus zonas vitales? Si eres medianamente honesto, tu con-