Isla #1 | Page 13

escuetísimo. A veces Artura se contagiaba de la desfachatez de Nuria, y revoloteaba el plato, cuando la vieja no miraba, porque quizás era la única chance de ingerir alimento, al menos en esas horas del día. A la tarde, como ya dije, té. Lo tomaba con los pies con pantuflas, apoyados con las piernas cruzadas, en la mesita del living, mirando aburridas e interminables películas del lejano oeste. A esa hora la mayoría estaba afuera, pues la vieja decidió no dejar más el tacho de basura en la cocina; lo dejaba en el patio, y el escaso alimento que se iba acumulando en la bolsa negra, era saqueado sin tardanza. La vieja tenía un frasco de galletitas dulces, en uno de los armarios más altos del placard de los alimentos. Eso era una precaución certera para un niño, no para Artura y compañía, pero dicho frasco siempre estaba bien cerrado; era impenetrable. Nuria, cada media hora amenazaba con aprovechar que la vieja lo abriera, y meterse, así luego se quedara encerrada para siempre. Tío Íbero, con semblante de experimentado, le hacía olvidarse de esas ideas; que él también las había tenido algún tiempo atrás, pero ya había sabido borrárselas de la cabeza. La noche llegaba, y la cena también era pobre. La vieja no era vegetariana, pero hacía meritos. Nunca nuestras moscas (ni siquiera tío Íbero) vieron chillar en aceite hirviendo, a un cacho de carne. Zapallitos, berenjenas, pepinos; todo liviano y sano. Los tomates equivalían a un manjar. A Nuria le fascinaban. Esa noche la vieja comió algunas rodajas, acompañando el suflé. Con destreza, Nuria robó una pizca de pulpa, y voló a compartirla con su hermana. Artura comió de mala gana, aunque no pudo negar que estaba deliciosa. DÍA 6: Ronald era infumable. Artura lo odiaba. En cambio, los muchachones lo admiraban. Todo el tiempo hacía alarde de su 13