Fiancee Bodas & Eventos Revista Digital Fiancee Diciembre 2016 - Page 21

La familia deja una huella imborrable en el corazón de los hijos. Basta conocer a los padres para comprender, muchas veces, por qué un chico es sano y jovial, o por qué es incapaz de estar cinco minutos tranquilo en una silla delante del profesor de matemáticas. E sta verdad, tan sencilla como tremenda, nos lleva a preguntarnos: ¿qué hacer para ser buenos padres? La respuesta no es fácil, pues existen cientos de técnicas educativas. Además, sobre lo que hay que enseñar, existen muchas teorías, y no todos están de acuerdo sobre lo que sea mejor para los hijos. De todos modos, para un cristiano la cosa más importante, la más grande, la que cuenta de veras, es enseñar la fe a los hijos. Si creemos que Cristo es Dios, si creemos que el Evangelio es el Libro de la vida, si creemos que existe un cielo, y si creemos que son felices los pobres, los mansos, los pacíficos, los puros de corazón y los misericordiosos, entonces los padres sentirán la urgencia de enseñar y transmitir la fe a los que más aman, a sus hijos. ¿Y cómo se transmite la fe en familia? Hay que partir de un principio elemental: “Nadie da lo que no tiene”. Es decir: si la fe de los padres es débil o está llena de agujeros, poco podrán enseñar a sus hijos. Si papá y mamá llevan a los niños para que se preparen para la primera comunión, y no van los domingos a misa; si les enseñan a rezar el “Jesusito de mi vida”, y luego nunca se les ve a ellos en unos momentos de oración; si les piden que perdonen al hermanito, pero luego, cuando papá y mamá discuten entre sí, nunca se piden perdón... Es claro que el mal ejemplo deja una huella triste y confusa en los hijos. Y no es que los padres no sean creyentes. Pero su fe no llega a lo concreto, no es vivida en profundidad. De este modo, el ejemplo de una fe débil puede neutralizar o debilitar hasta los mejores discursos sobre la doctrina cristiana. Por eso hay que tener siempre presente una ley fundamental de la educación: las palabras vuelan, el ejemplo arrastra. Vale más la oración del padre y de la madre que no el preguntar todas las noches a Francisco: ¿ya has hecho tus oraciones? Francisco no necesitará que le recuerden algo si lo aprendió de rodillas, junto a sus padres (a los dos, pues a veces pensamos que sólo la madre es la catequista de casa). Francisco no necesitará que le digan que hay que leer la Biblia, si la leía varias veces por semana en familia. Francisco no necesitará que le digan que debe dejar sus juguetes a Lucía si papá dejó el periódico a mamá, o si mamá suplió en el lavado de la ropa a papá para que viese su programa favorito (los tiempos han cambiado mucho...). El paso siguiente es natural. Sabemos que la fe cristiana no se limita a oraciones, a catecismo, a ir a misa, a “cumplir”. Creer en Cristo es todo un modo de pensar y de vivir. O, para ser más precisos, es un modo de amar. Amar a los amigos y a FIANCEEBODAS.COM 21