Blablerías N°10 - Abril 2014 - Page 6

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Recetas

as

de "Festín Efímero"

A Lola Mora (José Cedrón)

Rojo Estambul

Boca a Boca

El deseo busca refugio en los laberintos del placer. El hambre que

alimenta el deseo es una apuesta. Asociaciones, variaciones, vaivenes,

el dios de la vida creando.

Salsa La infancia no siempre es feliz, pero al menos es verdadera.

Ahora casi no hay olores. Un gran desodorante parece llover desde el cielo e iguala. Las cocinas no muestran el secreto, debe ser por el tiempo. Una salsa que se cocinaba a lo largo de horas abría su esencia en los aromas. Recuerdo el avance nuestro sobre el terciopelo, ese rojo oscurecido por la carne, con un pan como arma.

Mamá se oponía al asalto. Había una lucha que ganábamos mi hermano y yo. En ese entonces las madres disponían de tiempo y, mientras todos los elementos soltaban sus aromas, nosotros anticipábamos el gusto. Esos momentos previos, los de la larga cocción, eran, como sucede en el amor, quizás los más importantes. Los que alimentan el alma y se extienden hasta ahora, cuando la miga de ese pan rojo hace tanto se perdió. Las mujeres podían dedicarse a las comidas porque estaban en la casa. No sé si eso siempre beneficiaba a los niños, pero seguro era bueno para las salsas.

Ravioles de salmon Es como si el mar, una brizna de mar, algo marino, llegara envuelto en un saquito de masa suave. El envoltorio antes lo hacían las madres con ese soplo vital y luminoso de la harina.

Ahora buscamos llegar a las bocas de los queridos, desde el conocimiento para comprar, esquivar el lugar común como en la poesía. Acaso la literatura y la cocina se parezcan.

Ingredientes o palabras, el arte está en la combinación, el amoroso cuidado, el tiempo, el azar que mueve.

Los vamos a buscar, los esperamos, ese color fuerte y suave, lo masculino y lo femenino que se encuentran y se penetran. Los arrojamos al agua burbujeante, los sacamos algo duros, al dente. Los colamos para envolverlos en su baño de espumas cremosas, blancas o rojas. Su nuevo pequeño océano puede ser una salsa suave de tomate y hierbas. Puede también ser la crema que acaricia con algo que se inventa, como una leche espesa, mar en el que los ravioles se revuelven, no descansan, buscan la fortaleza de las especias, buscan un algo, buscan lo indescifrable.

Bananas en almibar Se cortan en rodajas no muy pequeñas, una o dos bananas o las que se quieran. La imprecisión no sé si va con las recetas pero combina conmigo y con la cantidad de comensales. El rigor matemático que asegura el resultado evita o saltea el esplendor de cierto azar. En una sartén se pone azúcar, agua apenas, esencia de vainilla, un licor fragante. Se revuelve con cuchara de madera comprada en una feria del sur de Chile o lo que sea. La blancura comienza a desvanecerse. Se vuelcan las bananas, se bañan amorosas en el almíbar; lo disfrutan, y de ese color pálido del casi amarillo, se tornan doradas como si el sol se hiciera presente en ese acto y les volcara rayos desde su altura de Rey. Me imagino que los que algo saben ya pusieron el fuego bajo para evitar el humo. La consistencia tiene que ser ni muy blanda ni muy dura, con cierto orgullo de su punto. Música de jazz, algún recuerdo, un pensamiento en francés acerca de las mezclas, mixturas, combinaciones. Al postre lo conocí en New Orleans y debajo de la lengua y con la lengua lo celebro. Es rico y fácil. Te permite volver rápido con los que esperan en la mesa ese tibio beso dulce que sonríe su placer de darse desde el plato.

el nuevo libro de Cristina Villanueva