Agenda Cultural UdeA - Año 2009 JUNIO - Page 21

ISBN 0124-0854 Nº 155 Junio de 2009 Los santos de mi casa Por: Jesús Orta Ruiz * Mi casa era endeble. Cayó cinco veces bajo la furia de los huracanes y cinco veces la volvimos a levantar, enderezando los clavos y la esperanza. Impotente ante la naturaleza y la injusticia social, mi madre albergaba sus santos preferidos: el corazón de Jesús, Santa Bárbara, San Lázaro, La Virgen de Regla y la Caridad del Cobre. Eran puntuales de la fe a falta de columnas de cemento. A ellos mi madre encendía velas, las adornaba con flores silvestres y les rogaba por la salud y el bienestar de todos. Nunca les reprochó nada. Los extraía de los escombros, los colocaba de nuevo en sus sitios y seguía implorando por los suyos ante el otro ciclón que eran la desocupación y la miseria. Mi padre no era ateo, pero decía, con su filosofía de campesino rústico, que para llegar a Dios había que hacer ruido. Mis hermanos y yo, estudiantes frustrados y trabajadores eventuales, habíamos terminado por creer que el único prodigio lo haría la Revolución; mas respetábamos la creencia de los padres, y hasta veíamos con cierta familiaridad a sus ídolos. El movimiento revolucionario no demoró en desatar sus fuerzas. Luchamos contra la tiranía y por el establecimiento de un régimen social. Después de varios años de lucha tenaz, el pueblo conquistó el poder, y jubiloso fue el día de la victoria. Mi madre daba gracias a sus santos. Mi padre había muerto sin escuchar el ruido ni ver el milagro. Nosotros, los jóvenes de la familia, no tuvimos más que juntar en las paredes de la pobre casita los retratos de san Lázaro y Lenin, de Santa Bárbara y Fidel, de la Virgen de Regla y el Che, de la Caridad y Celia Sánchez, de Jesucristo y Camilo.