Agenda Cultural UdeA - Año 2005 DICIEMBRE - Page 33

ISBN 0124-0854 Nº 117 Diciembre 2005 triste -dijo-o ¿Sabes lo que hacen, Sybil? Ella meneó la cabeza. -Bueno, te diré. Entran en un pozo que está lleno de bananas. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero una vez adentro, se portan como cochinos. ¿Sabes? he oído hablar de peces banana que han entrado nadando en pozos de bananas y llegaron a comer setenta y ocho bananas -empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más cerca del horizonte-o Claro, después de eso engordan tanto que no pue den volver a salir. No pasan por la puerta. -No vayamos tan lejos -dijo Sybil-. ¿Y qué pasa después con ellos? -¿Qué pasa con quiénes? -Con los peces banana. -Bueno, ¿te refieres a después de comer tantas bananas que no pueden salir del pozo? -Sí -dijo Sybil. -Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren. -¿Por qué? -preguntó Sybil. -Contraen fiebre bananífera. Es una enfermedad terrible. -Ahí viene una ola-dijo Sybil nerviosa. -La ignoraremos. La Dios! -dijo el joven-o ¿Tenía alguna banana en la boca? -Sí -dijo Sybil-. Seis. El joven de pronto tomó uno de los empapados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador, y le besó la planta. -iEh! -dijo la propietaria del pie, volviéndose. -¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te divertiste bastante? -iNo! Lo siento -dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del camino lo llevó bajo el brazo. -Adiós -dijo Sybil y salió corriendo, sin lamentarlo, en dirección al hotel. El joven se puso la salida de baño, cruzó bien sus solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaloso y lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel. En el primer nivel de la planta baja del hotel -que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada de zinc. -Veo que me está mirando los pies-dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha. -¿Cómo dice?dijo la mujer. -Dije que veo que me está mirando los pies. -iCómo dijo! Casualmente estaba mirando el piso -dijo la mujer, y se dio vuelta enfrentando las puertas del ascensor. Si quiere mirarme los pies, dígalo-dijo el mataremos con la indiferencia -dijo el joven-, como dos engreídos. -Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó para adelante y para abajo. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer. Cuando el flotador estuvo nuevamente en posición horizontal, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó: -Acabo de ver uno. -¿Un qué, mi amor? -Un pez banana. -iNo, por