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En busca del Alma Indígena II

Me pareció estar estrenando la ciudad al recorrer por primera vez San Cristóbal de las Casas. El perfil lineal de las viviendas sólo era interrumpido por las fachadas imponentes de las iglesias coloniales en cuyas puertas montan sus mercaditos de artesanías los nativos. Los vestidos de las mujeres mayas brillan sin complejos junto a la Catedral de San Cristóbal Mártir o el antiguo Convento de Santo Domingo. La ciudad representa mejor que ninguna otra la convivencia entre la cultura indígena y la herencia española y para un español, aquello tenía un encanto irresistible.

Fue Fray Bartolomé de las Casas el artífice del milagro. El obispo sevillano llegó a Chiapas recién estrenada la colonización pero, además de los evangelios, expandió el respeto por los indios. Instauró las “Leyes Nuevas” prohibiendo la esclavitud y consiguió ganarse el cariño de los indígenas, que estaban antes que él, con tradiciones tan antiguas como las suyas. Era un hombre inteligente. Para conocer las consecuencias de su obra tuvimos que acercarnos a una localidad a tan sólo siete kilómetros de San Cristóbal de las Casas.

Recordé, de pronto, las palabras de Rodrigo, que había sido nuestro guía en Michoacán: “El lugar más interesante que he visitado en México se encuentra en una pequeña aldea de Chiapas. Entra en la iglesia que corona la plaza y entenderás por qué… pero te advierto que no podrás grabarlo con tu cámara”.

Nuestro amigo se refería a San Juan Chamula y allí nos dirigimos. El mercado pertenecía a otro tiempo. Las mujeres se sentaban ocupando toda la plaza con sus puestecillos de frutas y hortalizas. Vestían de colores, con faldas largas llenas de filigranas y pañuelos floridos en la cabeza. Los hombres llevaban un atuendo peculiar, con su zamarra de lana como los pastorcillos de un Nacimiento. Nuestra presencia allí les inquietaba. No había muchos turistas y los pocos extranjeros que nos paseábamos por el mercado lo hacíamos con la timidez propia de quien se encuentra en un lugar culturalmente remoto.

Fabio nos previno con su cautela habitual. “Las leyes aquí nada tienen que ver con las

federales y cualquier infracción será sometida a un consejo que actúa de forma severa con quien desafía sus costumbres”. Pocos lugares del mundo entienden de forma tan rotunda la importancia de las tradiciones. Puede parecer exagerado el celo cultural de este lugar, pero donde algunos ven un hermetismo cerril, yo, al menos, entendí la pureza de un pueblo que defiende su pasado con una gran convicción.

Nos acercamos casi con miedo a la iglesia de San Juan Bautista, aquella de la que me habló Rodrigo. Un letrero prohibía entrar con cámaras de cualquier tipo y estaba escrito en más de veinte idiomas, para que no hubiera excusas.