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El Insurrecto Solitario

Y por supuesto, cabe señalar por separado a Baudelaire, quien influye tanto en la obra CMR, que el mismo explica que la relación de su obra “con la gran obra del francés no es más que la capacidad congénita para escribir poesía, y una incapacidad congénita para escribir un Best seller”.

CMR al ser galardonado a los 15 años (1939) con el premio nacional de poesía fue reconocido como verdadero poeta, cuenta Centeno-Gómez. El joven CMR al recibir el premio (100 córdobas en efectivo y una flor natural) no conocía a Joaquín Pasos, cuando éste desde su butaca lo saludó, pues quedó impresionado por su poema.

“Al día siguiente, en la edición vespertina de la Nueva Prensa, apareció una nota, a tres columnas, con el título Ha Nacido un Poeta, firmada por Joaquín Pasos”, precisa Centeno-Gómez.

El acto marcó el inicio de la amistad entre ambos bardos, y el incipiente odio por parte de CMR hacia la figuración, los actos masivos u oficiales, etc.

La pblicación de La Insurrección Solitaria (1953) –último y primer libro publicado por su misma aversión al figureo- , lo colocó en la cima de la poesía nicaragüense.

CMR se volvió poeta cotizado. “Es indispensable que publiques. ¿Por qué no me mandas a mí algo? Todos queremos publicar cosas tuyas y, un poco después un nuevo libro, ya sea en Argentino o en México”, solicitaba Octavio Paz, premio Nobel de Literatura de 1990.

Ernesto Cardenal (compañero de la misma generación de Ernesto Mejía Sánchez y CMR, poetas a quienes la enseñanza oficial de la literatura nicaragüense los bautizó como los Tres Ernestos), se expresó siempre en buenos términos de CMR.

“Tengo obligación de decir que nadie en Nicaragua hoy, ni Rubén Darío tal vez, ha gozado de tanto don poético, tanto “estado de gracia” de poesía como él. Y es bastante decir”, escribió cierto día Cardenal, a lo que CMR, en sus cátedras de la UNAM, otro cierto día respondió, “Ernesto Cardenal publica tanto que ya no le queda tiempo de escribir”.

CMR profesaba un desencanto ácido hacía el mundo. Decidió aislarse completamente en Altamira D´ Este, casa No. 8, junto con sus gatos y su inseparable Ron Flor de Caña Etiqueta Negra, a mediados de 1983. En la soledad de su vejez seguía firme en su convicción de perfeccionamiento de la palabra poética: agotando papeles y hasta escribiendo en las paredes de la casa. Amando, debe decirse, a sus gatos.

De su puño y letra en los lienzos de concreto se encontró esta frase: “los dos gatitos me dan compañía sin quitarme soledad. CMR”

En 1991 y 1993 tuvo a su cargo una Cátedra con su nombre en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, UNAN-Managua. En esas apariciones el poeta reafirmo su espíritu pedagógico. Siempre explicaba los poemas.

CMR es un genio al que todavía no se le rinde los tributos que merece. Un poeta del amor, hermético y claro. La muerte le llegó el 16 de junio de 1998 en el Hospital Bautista. CMR fue un hombre fielmente dedicado a la escritura y el estudio. Su tragedia radicó –como él mismo dijo- “en la convicción de que (yo) no sirvo sino para escribir, y que escribir de nada sirve. Mis obras son mis sobras. L.A. Calif. 1961-62 Wiley Co”.